La costumbre de no congregarse (1° Parte)
No dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre… Hebreos 10: 25
Este pasaje tan conocido y mentado por millones hasta precisamente la palabra “costumbre” pues la mayoría no aprende el resto, posee una profundidad que se ha obviado solo por la insistencia de usarlo como un señalamiento y condena a quienes dejan de asistir a los cultos cristianos.
Pero como ya hemos analizado en otras ocasiones, el versículo en realidad no presenta por ninguna parte una condena sino una alerta.
Ahora, pongamos las cosas en claro. A quien Dios usara para escribir Hebreos, no tiene la menor idea de en lo que se convertiría el concepto de congregarse 20 siglos después en la era moderna saturada de institucionalidad. Cuando escribe estas palabras, lo hace en el contexto sobre congregarse que le es familiar y que es el legítimo, cuya forma podemos indagar pues se registra con claridad en la doctrina neotestamentaria según las cartas apostólicas.
Si todo hubiese permanecido como entonces, podríamos visualizar mejor el por qué de la alerta, pero lamentablemente lo que se entiende hoy por congregarse en las iglesias tradicionales no tiene asidero bíblico, ni da luz para que comprendamos la envergadura de la alerta que nos quiere mostrar la Palabra.
Por favor no piense en un culto cristiano a la hora de hablar de congregarse. Nada tiene que ver.
El versículo, aunque es corto, en su totalidad nos presenta información vital de lo que hace 2000 años significaba congregarse y pone los puntos sobre las íes para nosotros hoy.
Quien concluya el congregarse como el tradicional hecho de ir a la iglesia, es muy corto de vista ignorando la Palabra que lo define como la sencilla reunión de mutua edificación de los santos bajo el señorío total de Cristo y únicamente de Él. En ello no existen jerarquías humanas, institucionalidad de ningún tipo ni dependencias enfermizas para con hombres.
¿Por qué sencilla? Porque a la verdad el sistema patentó la reunión cristiana como algo que ocupaba imprescindiblemente un local con condiciones especiales y santificado para su ejecución, además definió que solo personas profesionales y previamente preparadas la dirigieran haciendo a los feligreses dependientes de ellas, les impuso un programa para que la reunión tuviera únicamente ciertos márgenes para funcionar y como si fuera poco, cargó sobre las espaldas de los miembros todo el mantenimiento que demandara la descomunal estructura creada.
Continuará…