La costumbre de no congregarse (8° Parte)
Continuación…
Para el liderazgo común, mientras los feligreses asistan los días de culto fielmente y ofrenden y hasta lleven a otros, todo está caminando perfecto. Para los feligreses, mientras les sirvan su cultito con todos los elementos que esperan, todo está marchando en orden.
¡Por Dios!, si no ve patética esa forma, es que está soberanamente saturado de institucionalidad; creyendo que está en el cielo, ¡está en realidad en un letargo religioso! Todo como resultado de la costumbre.
Si ese tipo de vida se le hizo común y normal, se acostumbró a la costumbre.
Dios que sí conocía el futuro, nos alertó, pero el escritor de Hebreos -sin habérselo propuesto y en desconocimiento lógico de ese contexto moderno-, plasma lo peligrosa y mortal que es la costumbre.
Esa mortífera y repetitiva práctica ya atentó por 1700 años con la vida, la espontaneidad propia de un reunirse en comunidad a disfrutar cada vez más y más de cosas nuevas y maravillosas en el marco de lo infinito de las cosas de Dios (Colosenses 2: 8-10; Efesios 3: 10; 1° Pedro 4: 10).
Esa es precisamente la diferencia a un solo reunirse porque siempre lo hacemos y de por sí nuestra agenda tiene ya reservado el tiempo que le dedicamos a nuestro “congregarnos” con horario y fecha específicos.
¡¡Terrible!!
Entendidos y consientes de esto, comparémoslo con nuestras reuniones por las casas porque sinceramente la problemática también se genera y es igualmente letal pues se están replicando cosas que para nada nos convienen. Y todavía no hemos entrado a la alerta en sí.
Continuará…